Empecé a tocar el piano a los 8 años. Y seguí… hasta los 23. No porque me apasionara (lo que de verdad me gustaba era gritar en mi grupo de metal), sino porque me había “comprometido”.
A esas alturas ya había invertido tanto esfuerzo y años de mi vida, que abandonar parecía “tirar todo por la borda”. Además sentía la presión de cumplir con lo que mi madre esperaba de mí, lo que reforzaba aún más mi resistencia a dejarlo.
Lo que me ocurrió con el piano es una trampa mental que se llama falacia del coste hundido.
La falacia del coste hundido (sunk cost fallacy) es la tendencia humana a continuar con algo en lo que ya hemos invertido (dinero, tiempo, esfuerzo, emociones…), incluso cuando seguir ya no es lo mejor. Lo racional sería mirar solo lo que queda por delante: los costes y beneficios futuros. Pero nuestra mente no funciona solo con lo racional: lo invertido ya pesa.
Evidencia científica
La falacia del coste hundido fue popularizada por Richard Thaler, premio Nobel y uno de los OG de la economía conductual
Los psicólogos Hal Arkes y Catherine Blumer fueron quienes demostraron que se cumplía en situaciones reales. Llevaron a cabo un experimento con entradas de teatro de temporada:
- Un grupo pagó el precio completo: 15 $.
- Otro grupo recibió 2 $ de descuento.
- Otro grupo recibió 7 $ de descuento (después de haber mostrado que estaban dispuestos a pagar el precio completo).
El resultado fue revelador:

- El grupo que pagó el precio completo asistió a una media de 4,11 obras.
- El grupo con 2 $ de descuento fue a 3,32 obras.
- El grupo con 7 $ de descuento fue a 3,29 obras.
La conclusión fue clara: quienes habían invertido más dinero sintieron una mayor presión a “aprovecharlo”, incluso si eso significaba invertir más tiempo en ir a obras que quizá no les apetecía tanto.
¿Por qué sucede?
Aquí algunos de los mecanismos mentales que explican que caigamos en esta falacia:
- Aversiones a la pérdida: el dolor psicológico de “haber perdido” pesa mucho. Preferimos aferrarnos a lo que ya dimos que aceptar que aquello no pudo ser aprovechado.
- Sesgo de consistencia: ya nos contamos una historia (“voy al concierto”, “voy a terminar este curso”, etc.). Dejarla implicaría admitir que nos equivocamos o que fue una pérdida.
- Costes emocionales y sociales: además del dinero, están las expectativas de los demás, la reputación, el esfuerzo previo, la ilusión ya puesta.
- Sesgo del statu quo: tendemos a mantener el curso, aunque cambiar sea lo más sensato, porque lo nuevo implica incertidumbre.
En conjunto, estos mecanismos nos llevan a mantener el rumbo incluso cuando, objetivamente, lo mejor sería soltar.
Podemos ver este trampa en decisiones laborales o académicas (“ya invertí tanto en esta carrera”), en relaciones personales (seguir en algo que no funciona porque ya has luchado), o en compromisos sociales (“me sentiré mal si abandono”).
¿Cómo evitar caer en ella?
Aquí te dejo algunas estrategias prácticas
- Separar lo invertido del ahora: haz el ejercicio de imaginar que ese esfuerzo/dinero no lo habías invertido. ¿Seguirías adelante? Si la respuesta es “no”, ya tienes una pista clara.
- Tener en cuenta el coste de oportunidad: no solo tener en cuenta lo que ya se perdió, sino lo que podría ganarse si enfocamos el esfuerzo/dinero en otra cosa.
- Flexibilidad cognitiva: aceptar que cambiar de curso no es fracaso, sino adaptabilidad.
- Consejo externo: hablar con alguien de confianza que no esté emocionalmente implicado para tener otra perspectiva.
Limitaciones

No siempre dejar ir es la mejor decisión, sobre todo en un contexto social donde el compromiso escasea.
El sociólogo Zygmunt Bauman describe nuestra época como una “sociedad líquida”: un mundo marcado por la incertidumbre, lo efímero y la falta de estructuras sólidas. En este escenario, los compromisos duraderos (relaciones, trabajos, proyectos vitales) se ven sustituidos por experiencias desechables y vínculos frágiles.
Esto tiene un efecto paradójico:
- Las personas hiperresponsables corren el riesgo de caer en la falacia del coste hundido, manteniendo relaciones, proyectos o hábitos que ya no les aportan valor, solo por no abandonar.
- Pero, al mismo tiempo, una parte creciente de la población vive lo contrario: una aversión radical al compromiso. Si algo incomoda, se abandona. Si una pareja no es perfecta, red flag y se descarta. Lo vemos en las organizaciones, en la universidad o en la vida social: ante el menor obstáculo, se opta por “darse de baja” sin confrontar.
Conclusión
Como casi siempre, vuelve a destacarse la importancia de encontrar un punto medio:
Evitar la trampa del coste hundido (no seguir atado a algo por inercia), pero también evitar la huida líquida (no abandonar a la mínima fricción)
La vida exige compromiso, pero un compromiso consciente. Perseverar donde hay propósito, soltar donde solo queda inercia: esa es la diferencia entre vivir arrastrado por el pasado o dirigir tu futuro.
