¿Beber vino es saludable? Lo que dice la ciencia

El error estadístico que nos comimos con patatas

Durante décadas, pensamos que el alcohol, en moderación, funcionaba como un escudo cardiovascular.

En los años 90, el mundo de la salud se tragó entero el concepto de la «Paradoja Francesa». La premisa era seductora: los franceses comían grasas saturadas, fumaban, pero tenían menos infartos. ¿El héroe? El vino tinto.

A partir de ahí, la curva en forma de «J» se convirtió en dogma. Los estudios sugerían que los abstemios morían más que los que bebían una o dos copas al día. Los médicos empezaron a «recetar» una copa de tinto con la cena, como si fuera una poción mágica.

Pero había un punto ciego. Un error estadístico que todos pasamos por alto.

La heroina

A principios de los 2000, una socióloga de la Universidad de California llamada Kaye Middleton Fillmore se puso a revisar los datos.

Kaye no era cardióloga, pero sabía leer números. Se dio cuenta de que el grupo de los «abstemios» con el que comparaban a los bebedores moderados no estaba formado por gente sana. Estaba lleno de sick quitters: ex-alcohólicos y enfermos crónicos que habían dejado de beber precisamente porque estaban destrozados.

Básicamente, la ciencia estaba diciendo: «Mirad, el señor que bebe dos copas de Rioja está más sano que este señor que no bebe nada (porque tiene cirrosis o acaba de superar un cáncer)». Kaye levantó la mano. Denunció el error. ¿La respuesta? La industria del alcohol y el propio establishment médico la marginaron. Arruinaba un negocio multimillonario y la excusa favorita para beber en las cenas. 

Kaye murió en 2013. Nunca llegó a ver cómo, cinco años después, el monumental estudio Global Burden of Disease le daba la rezón. En este estudio, con los datos de 195 países entre 1990 y 2016, la conclusión fue brutal, fría y sin matices: «El nivel de consumo de alcohol saludable es cero».

Incluso si había una minúscula mejora cardiovascular aislada, esta quedaba completamente arrasada por el aumento exponencial del riesgo de cáncer, accidentes y daño neurotóxico. No había curva en «J». Había una línea recta hacia el deterioro.

El escándalo

Antes de aceptar la derrota, la industria intentó comprar la ciencia una vez más. En 2018, el mismísimo Instituto Nacional de Salud de EE.UU. (NIH) iba a lanzar el ensayo definitivo para demostrar que beber moderadamente era sano. Iba a costar 100 millones de dólares. Pero una investigación del New York Times filtró un detalle demoledor: el estudio estaba siendo financiado en secreto por gigantes como Anheuser-Busch (Corona, Budweiser) y Diageo (Smirnoff, Guinness). Cuando la realidad salió a la luz, el ensayo fue cancelado fulminantemente. El dogma del «vinito saludable» no se sostenía con ciencia; se sostenía con talonarios. 

El nuevo paradigma es claro: el riesgo cero no existe. Sanidad trazó una línea roja de «bajo riesgo» (que no riesgo nulo)  en 10 Unidades de Bebida Estándar (UBE) a la semana para mujeres (y 20 para hombres). Una UBE es una copa de vino o una caña.

El informe de sanidad dice que:

  • No existe un nivel de consumo seguro de alcohol.
  • No beber es lo único que evita sus efectos perjudiciales.
  • Ningún profesional de la salud o institución debe recomendar su consumo para mejorar la salud.

La ciencia tardó décadas en admitir su error y limpiar sus sesgos, pero nosotros no tenemos tanto tiempo. 

Si decidimos beber, que sea con los datos claros. No nos justifiquemos con la cultura del poteo ni con la «copita saludable».

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David Carcedo
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